La lluvia torrencial fue protagonista toda la tarde y noche del domingo 21 en la última fecha del Pepsi Music, en Costanera Sur. El predio era muy amplio pero al aire libre, exceptuando por un techo, en el que aprovecharon por un buen rato a amontonarse muchas personas.
Había algunos paraguas pero al poco tiempo se destruían, por la intensidad de la lluvia, exceptuando uno celeste, que permaneció estático todo el tiempo y que se transformaría en uno de los grandes protagonistas de la noche. Por supuesto que no faltó el “loco” que estaba solamente en remera o directamente en cuero, que parecía ajeno al clima y al mundo de su alrededor, en el que la mayoría estaban empapadísimos y temblando. Había impermeables pero generalmente el agua traspasaba por ellos y los que vendían eran directamente bolsas de residuo de bellos colores y forma de pilotines, que obviamente fueron furor ese día pese a su inútil función. No obstante la gente se las ingenió e incluso utilizó cajas de cartón para poder paliar, contra la lluvia intermitente y el frío. E incluso se vio a un grupito de cinco jóvenes que habían utilizado una bolsa negra de plástico gigante para cubrir sus cabezas.
Durante la tarde el estadio se veía vacío, porque estaban todos apretujados en el único techo que había, pero al poco tiempo ya estaban ubicados adelante reservando el lugar para ver mejor. A las 19 empezó Carajo, uno de las bandas teloneras, que tenía un grupo fanatizado aunque escaso. La gran mayoría no cantaban porque en verdad esperaban al grupo principal y que cerraría el Pepsi Music, que era Evanescence.
La lluvia intermitente dio lugar a bromas como la que el cantante dijo: “Que Cristina regale paraguas para el pueblo” y se escucharon las risas generalizadas. Al final del espectáculo, cuando arrojaban las púas al público, un muchacho de veinticinco años aproximadamente gritó: “tirame una toalla”. El paraguas celeste, no sólo que estuvo todo la noche abierto, sino que no pareciera inmutarse del clima. La envidia era tal del resto que comentaban por lo bajo: “ya dejó de llover, que baje el paraguas”, cuando solamente por unos minutos no seguía diluviando. Hasta que el amigo del muchacho de veinticinco, que debía tener la misma edad exclamó: “bajá el paraguas” y eso ocurrió.
Luego vinieron Los Heavy Saurios, grupo de música en el que sus integrantes están disfrazadas de dinosaurios metaleros y hacen temas de rock infantiles, y cantaron un solo tema. La mayoría desconocía quienes eran y una chica de unos veintidos le dijo a la amiga: “Falta que venga el pelotero, esto es un circo” y la otra le respondió: “Lo mejor de la banda es que fue breve”. Se escuchaban risas irónicas y las caras del público eran solo de incredulidad y sorpresa. Una mujer de unos cuarenta, que estaba al lado mío me dijo en tono quejoso: “Mañana me tengo que levantar a las 6.30. Si no me enfermo de pulmonía es un milagro”.
Transcurrida una hora de espera, ni bien empezó Evanescence la situación cambió radicalmente. Si bien siguió lloviendo aunque en menor intensidad, el calor humano por el pogo, la mezcla de emociones y la cantidad de gente cantando y bailando, hizo que ya no se sintiera la ropa adherida a la piel y que el cielo lluvioso en la canción “My Inmortal” solo pareciera darle magia al tema.
Finalizado todo, no faltaban los comentarios felices (con lágrimas incluso) y la multitud saliendo muy lentamente debido a los grandes charcos de agua. Pero al poco tiempo apareció en escena la realidad. El diluvio, la noche cerrada, el mal humor, el regreso a la rutina y a la normalidad y finalmente, el muy largo retorno a casa.
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