Los países nórdicos, como Noruega o Finlandia, tienen las tasas más altas de depresión y de suicidios porque tienen largos inviernos sin luz y padecen el trastorno afectivo estacional, también llamado depresión invernal. A diferencia de las latitudes más tropicales donde los habitantes suelen estar más alegres debido a que el sol genera la seratonina, que es la hormona de la felicidad y que promueve la sensación de bienestar.
La luz es necesaria para producir y regular hormonas que están implicadas en la actividad y cuando baja el nivel de las mismas, el organismo no logra equilibrarse y se produce este estado de ánimo depresivo. ¿Qué ocurre con quince miembros de una tripulación que durante un prolongado período de tiempo estarán aislados y sólo verán luz artificial?
Estas personas están en este momento en la Antártida en la base Belgrano II, en un espacio similar a un departamento de tres ambientes, en un proyecto que durará un año y cuyo objetivo es simular un viaje a Marte. El propósito es recrear el estrés que podrían tener los astronautas que realicen un viaje al planeta rojo, cuya distancia con la tierra ida y vuelta son 520 días. En el simulacro anterior llamado Mars 500 realizado en Moscú estuvieron confinados, durante ese lapso de tiempo, seis tripulantes.
Según Daniel Vigo,investigador del CONICET en la UCA y quien forma parte de ambos proyectos,”Estas personas estaban expuestas a una luz artificial de una oficina, iluminada en forma regular con una iluminación de 300 lux. Esta mala iluminación se asemeja a un departamento de sesenta metros cuadrados con una lamparita de 40 volts”.
El principal sincronizador de los ritmos de nuestro cuerpo es la luz intensa natural. La función de la luz durante la mañana es setear los ritmos circadianos y esto influye en lo afectivo, en lo que se conoce como depresión estacional.
Cuando baja la luz solar, la melatonina se empieza a secretar y esto potencia la inhibición de ciertos núcleos que están en el cerebro y eso se da por esta disminución de luminosidad. La iluminación artificial no permite este proceso.
“Durante los últimos 150.000 años estuvimos expuestos al sol y a la oscuridad de la naturaleza y en los últimos doscientos lo cambiamos por la luz artificial y aún no sabemos que implicancias puede tener esto en el cuerpo”, señaló Vigo refiriéndose a que a nivel mundial hay más sectores iluminados principalmente en las regiones más desarrolladas como Europa, Estados Unidos, Brasil y también en pequeños focos del país como Buenos Aires, Córdoba y Rosario.
A su vez se puede notar que hay grandes territorios de oscuridad completa como África, cuyos países suelen ser los menos desarrollados a escala global. Este exceso de luz provoca que la vigilia sea mayor y por ende el sueño menor.
Antes de la luz eléctrica, la llegada del anochecer marcaba el final del día y el inicio del descanso nocturno. El punto de partida de la actividad ocurría cuando amanecía. “El uso de la electricidad para la iluminación no es en absoluto perjudicial para la salud, ni afecta a la solidez del sueño”, había asegurado Thomas Edison cuando realizó el invento que revolucionaría la sociedad. Pero el paso del tiempo demostró que esto no es así. Según Charles Czeisler, profesor de medicina del sueño de Harvard, “la luz interfiere con el ritmo natural del cuerpo y engaña al cerebro al hacerle creer que es de día”.
La luz estimula las células en la retina, el área detrás de los ojos que transmite mensajes al cerebro.Las células sensibles a la luz le informan a nuestro cuerpo qué hora es. Esto controla la liberación de melatonina, una hormona que hace sentir sueño, y de la hormona para despertarse; cortisol. La prolongada exposición a la luz artificial inhibe el ritmo natural de producción de serotonina y melatonina.
Este gran cambio en los hábitos modifica los ritmos del cuerpo y la fisiología del ser humano no está preparada para esto, por lo que también influye en su relación con en el medio ambiente. “Antes el hombre tenía que correr y cazar sus alimentos, en cambio ahora está el supermercado. Es decir, esto repercute en el sueño y en la actividad física. Ahora cada vez corremos y dormimos menos horas”, ejemplificó Vigo. En los últimos cincuenta años, las personas pasaron de dormir ocho a seis horas diarias.
Esta falta de sueño también se puede asociar a las nuevas exigencias del mundo actual, al nivel de estrés con el que se vive, con los consecuentes riesgos de salud que puede tener. Estos cambios también repercuten en el sistema nervioso autónomo, que es aquel donde ocurren los procesos que no dependen de nuestra voluntad e influyen en el estado de alerta debido a que una persona que no descansa bien tampoco va a poder cumplir en forma adecuada sus tareas. A su vez tiene consecuencias en los niveles de cortisol, que indica el estrés, y en la actividad autonómica cardíaca.
“Aunque vivimos más años cada vez padecemos más enfermedades tales como la obesidad, diabetes, deterioro cognitivo y cáncer, por lo que el desafío es lograr mejorar nuestros hábitos de vida sin apagar las luces”, puntualizó Vigo.
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